El aire caliente del mediodía envolvía el claro entre los árboles. Allí, sobre una roca áspera y caliente por el sol, yacía él. Veintisiete años, piel morena y suave, gorra verde calada hasta casi taparle los ojos. Las manos detrás de la cabeza, los codos abiertos, el pecho levantado, ofreciéndose sin pudor al cielo y a quien tuviera la suerte de mirarlo.

Joven desnudo en el bosque con las manos detrás de la cabeza

Su cuerpo estaba completamente desnudo. El vello oscuro del pecho bajaba en una línea fina hasta el ombligo y se densificaba en el pubis. Entre las piernas abiertas, su polla gruesa y pesada descansaba sobre los testículos oscuros, medio hinchada, la cabeza rosada apenas visible, como si el calor y la mirada ajena ya la estuvieran despertando.

En la segunda imagen se acomodó la gorra con una sola mano, sonriendo apenas, las piernas todavía más abiertas. La misma polla ahora se veía más gruesa, más pesada, el glande casi asomando del todo. El sol golpeaba su piel sudada, resaltando cada músculo de los muslos y el contraste oscuro de su sexo contra la roca clara.